(Adelanto de una Narración de mi Libro)

(…)
OSTARA
(Redacción 15)
El hormigueo en mi sien se expandía con una especie de dolor, como un profundo
sueño, pero al mismo tiempo palpitaba una sensación de sentirme más despierta.
Hacía frío, mis labios estaban agrietados. Había caído arrodillada en el
manto de hojas caídas, aquel manto otoñal que apretaba con mis manos. Había
estado dando todo de mí y ya tarde en la jornada estaba agotada, mucho más
agotada de lo habitual. Trataba de respirar con calma. Una bocanada de aire y
exhalar, repetir el proceso, otra vez y otra más. Pero mi boca seca añoraba
probar líquido, la sequedad me distraía, el ardor en mi frente, las sensaciones
primarias envolvían todo. Me preguntaba si llegaba a llamar por ayuda, si
alguien acudiría.
Empecé a sentir dolor, el adormecimiento me envolvía y me acosté en la
hojarasca. Sería solo un instante, solo un instante.
Por instinto abrí los ojos, el ruido que me había entrenado a percibir se hacía
presente. Aquel pequeño animalito con pelaje blanco, castaño y negro que con
agilidad y quietud se camuflaba perfectamente en la profundidad del bosque y
que su existencia escurridiza me había llegado a desesperar se acercaba. Ahora
parecía una bella criatura, mezcla de pequeña felina, grácil y con una cola
larga y peluda como la de una ardilla, sus orejas algo más largas terminaba en
graciosas puntas con una mezcla de conejo y lince.
Caminaba despacio ya muy cerca de mí, hasta que con su nariz
húmeda y pequeña tocó mi rostro, su pelaje increíblemente suave y cálido
y sus ojos que me miraban tan grandes, curiosos, oscuros directamente a
mis ojos, hacían que sintiera que era más un encuentro irreal a una vivencia.
Reía para mis adentros, criatura tan escurridiza, ¿podría ser que realmente la
veía?, quizás se había encariñada conmigo, cuando tanto tiempo estuve
tratando de darle alcance e imaginé su lengua rozando mis dedos al darle de
comer uno de los tantos trocitos de comida que le llevaba y dejaba.
Hablé con la mirada, con la ironía del limbo del sueño - Juguemos a cambiar de
roles, como poder decirte que fueras por ayuda- . Pero cada vez tenía más frío,
siquiera si pudiera tocar tu suave pelaje. Y ella como si hubiera escuchado mis
pensamientos, empezó a caminar por encima de mi, se dio unas vueltas y se hizo
un ovillo tratando de estar lo más pegada a mi cuerpo, enroscándose finalmente
bajo mis pechos y abrazando mi estomago, donde terminé con mis últimas fuerzas
abrazándola también en ovillo alrededor de su calor hasta perder el
conocimiento mientras las hojas que de vez en vez seguían cayendo, dedos
volátiles que me empezaron a cubrir poco a poco.
Bjarni penetraba a los linderos del bosque montado en su negro caballo, corcel
demoniaco que bufaba como señal de supremacía ante todo ser que pudiera querer
acercarse. Bjarni pensó en marcharse por última vez, se detuvo un instante
antes de seguir avanzando por el bosque crujiente, una vez que lo atravesara ya
no podría dudar más el camino que seguiría. Y el caballo relinchando en la
profundidad de la noche con un vaho espectral siguió luego de la pausa con el
siguiente paso al sentir el leve movimiento de asentimiento que su amo
realizó en su lomo como una caricia casi imperceptible.
Él avanzaba con su prestancia altiva, miraba algo desgarbado, en plena noche
sintió un olor que le llamó la atención, para él una bestia nocturna que se
había adaptado a la vida civilizada, o al menos, un rango de ella, llevando su bella
espada con extraordinarias inscripciones en su forja, no había perdido para
nada las mañas de una bestia, ni sus cualidades.
Bajó del caballo, este se quejó y reclamó por tal acción, este también había
detectado la cercanía de tal presencia, atrayente y frágil.
Caminó sin hacer siquiera crujir las hojas, se agachó en el punto de un
bulto extraño, del cual emanaba un gruñido ascendente.
De allí salió una pequeña criatura, como ardilla y pequeño felino de tonos
blanco, marrones otoñales y negro. Al acercar su mano, la criatura se crispó y
le mordió un dedo.
- Yo que tú, no haría
eso- La herida en el alto rubio se curó con gran facilidad, pero la
sangre que no se desvaneció cayó al deslizarse.
- Harás que me dé hambre
- La criatura seguía chillando amenazante, parada sobre el cuerpo
ovillado, de Ostara, semi oculto entre las hojas crujientes.